En esta fotografía, tomada a finales de los cincuenta, vemos a mi padre –fotógrafo- en un día de trabajo.
Durante bastante tiempo los fotógrafos se desplazaron por los pueblos en fiestas, y su llegada era aprovechada por niños, amantes, familias numerosas…, para acicalarse y posar en una fotografía que todavía guardaba un aura de magia y misterio. Era todo un acontecimiento celebrado entre bromas y poses serias.
El equipo necesario: cámara Retina de Kodak con objetivo xenar -que todavía conservo-, película, ampliadora, papel, químicos y esmaltadora; era empaquetado en las cajas de madera atadas al transportín de la motocicleta.
El laboratorio donde positivar las copias se montaba en un lugar oscuro, y se eliminaba cualquier entrada de luz con telas negras o el objeto opaco más a mano. Según me ha comentado, el sitio más singular donde instaló uno fue en un establo, acompañado por la curiosidad de las caballerías y gallinas que deseaban aprender el oficio.
Por fin llega la hora de entregar y cobrar el trabajo. En el suelo de la plaza se muestran las fotografías rodeadas por las planchas cromadas de esmaltar (prácticamente como un espejo) y así evitar que los curiosos se acerquen demasiado, pero también para ver reflejadas las piernas de las recatadas señoritas.














